miércoles, agosto 31

31 de julio (1962)

"Por eso: escribir hasta quedar virgen nuevamente, zurcirse la herida, lamerse la plaga, y que nadie nos note, que nadie sepa nunca que nosotros sabemos.
Escribir. Fácil es escribirlo. Pero narrar mis atardeceres de prisionera entre las sombras... De nuevo me vuelvo trágica. Apenas me olvido las sombras encarnan y con ellas mi esperanza. Pero aún eufórica, pregunto: ¿qué esperas, corazón, de toda la tristeza a medianoche? Porque a veces no soy muy mala conmigo, a veces, en medio de aquella desgracia y del anochecer, me digo palabras lentas, cálidas, de una delicadeza que me hace llorar, porque son las que no te dice nadie, los que jamás te dijeron, ni siquiera cuando cabías en la palma de una mano."


Alejandra Pizarnik. Diarios

viernes, agosto 26

Pavana del hoy para una infanta difunta que amo y lloro

A Alejandra Pizarnik

Pequeña centinela,
caes una vez más por la ranura de la noche
sin más armas que los ojos abiertos y el terror
contra los invasores insolubles en el papel en blanco.
Ellos eran legión.
Legión encarnizada era su nombre
y se multiplicaban a medida que tú te destejías hasta el último hilván,
arrinconándote contra las telarañas voraces de la nada.
El que cierra los ojos se convierte en morada de todo el universo.
El que los abre traza las fronteras y permanece a la intemperie.
El que pisa la raya no encuentra su lugar.
Insomnios como túneles para probar la inconsistencia de toda realidad;
noches y noches perforadas por una sola bala que te incrusta en lo oscuro,
y el mismo ensayo de reconocerte al despertar en la memoria de la muerte:
esa perversa tentación,
ese ángel adorable con hocico de cerdo.
¿Quién habló de conjuros para contrarrestar la herida del propio nacimiento?
¿Quién habló de sobornos para los emisarios del propio porvenir?
Sólo había un jardín: en el fondo de todo hay un jardín
donde se abre la flor azul del sueño de Novalis.
Flor cruel, flor vampira,
más alevosa que la trampa oculta en la felpa del muro
y que jamás se alcanza sin dejar la cabeza o el resto de la sangre en el umbral.
Pero tú te inclinabas igual para cortarla donde no hacías pie,
abismos hacia adentro.
Intentabas trocarla por la criatura hambrienta que te deshabitaba.
Erigías pequeños castillos devoradores en su honor;
te vestías de plumas desprendidas de la hoguera de todo posible paraíso;
amaestrabas animalitos peligrosos para roer los puentes de la salvación;
te perdías igual que la mendiga en el delirio de los lobos;
te probabas lenguajes como ácidos, como tentáculos,
como lazos en manos del estrangulador.
¡Ah los estragos de la poesía cortándote las venas con el filo del alba,
y esos labios exangües sorbiendo los venenos de la inanidad de la palabra!
Y de pronto no hay más.
Se rompieron los frascos.
Se astillaron las luces y los lápices.
Se degarró el papel con la desgarradura que te desliza en otro
laberinto.
Todas las puertas son para salir.
Ya todo es el revés de los espejos.
Pequeña pasajera,
sola con tu alcancía de visiones
y el mismo insoportable desamparo debajo de los pies:
sin duda estás clamando por pasar con tus voces de ahogada,
sin duda te detiene tu propia inmensa sombra que aún te sobrevuela en busca de otra,
o tiemblas frente a un insecto que cubre con sus membranas todo el caos,
o te amedrenta el mar que cabe desde tu lado en esta lágrima.
Pero otra vez te digo,
ahora que el silencio te envuelve por dos veces en sus alas como un manto:
en el fondo de todo jardín hay un jardín.
Ahí está tu jardín,
Talita cumi.*
(*Levántate niña, [yo te digo])

Olga Orozco.



viernes, agosto 19

Alba

Mi corazón oprimido
siente junto a la alborada
el dolor de sus amores
y el sueño de las distancias.
La luz de la aurora lleva
semillero de nostalgias
y la tristeza sin ojos
de la médula del alma.
La gran tumba de la noche
su negro velo levanta
para ocultar con el día
la inmensa cumbre estrellada.

¡Qué haré yo sobre estos campos
cogiendo nidos y ramas,
rodeado de la aurora
y llena de noche el alma!
¡Qué haré si tienes tus ojos
muertos a las luces claras
y no ha de sentir mi carne
el calor de tus miradas!

¿Por qué te perdí por siempre
en aquella tarde clara?
Hoy mi pecho está reseco
como una estrella apagada. 



Federico García Lorca.



24 de noviembre. (1960)

"Hasta el ser joven en un convencionalismo. Y la rebelión y la anarquía pueriles. Y el mito del poeta. El mito de la cultura. Hasta el comunismo y el socialismo de mis amigos es un nauseabundo convencionalismo. Como si pudieran cambiar las cosas hablando y negando (...) Como si alguno se hubiera despertado una mañana con ganas de bañarse en alcohol y prenderse fuego porque las palabras no dicen, y el lenguaje está podrido, está impotente y seco. Mis jóvenes amigos vanguardistas son tan convencionales como los profesores de literatura. Y si aman a Rimbaud no es por lo que aulló Rimbaud: es por el deslumbramiento que les producen algunas palabras que jamás podrán comprender..."

Alejandra Pizarnik. Diarios

lunes, agosto 15

Fragmento (Mi vida sin Hailey- J.Tropper)

Si quieres demostrar tu amistad y tu apoyo, puedes hacer una cosa: dejarme en paz. No hables del tema directamente. Ya sé que piensas que elogiar a mi mujer o compartir un recuerdo entrañable podría calmar mi dolor, pero tienes que creerme cuando te digo que no lo hará. Si no puedes apartar la mirada, un simple saludo es lo único que puedo soportar en estos momentos. Si consideras que debes aludir forzosamente a mi tragedia, puedes asentir repetidamente con la cabeza mientras pones el gesto sombrío, los labios apretados y las cejas enarcadas, y yo lo dejaré pasar. Pero más allá de eso, limítate a los mínimos. Pregúntame la hora, y yo miraré el reloj. Invítame al cine, y diré que no; pero tú me habrás hecho una propuesta y habremos mantenido un sencillo intercambio que no me habrá hecho desear arrancarte la piel a tiras. Y quizá, con un número suficiente de esos sencillos intercambios, nada más que un contacto humano básico que no me exija nada, puede que empiece a ser capaz de mantener la mirada otra vez, de empezar a relacionarme con el mundo a mi propio ritmo. Y después, ¿quién sabe? Puede que un día me encuentres justo en el momento oportuno y acepte ir a ver una película contigo, porque eso me sacará de casa y sabré que, durante dos horas, no tendré que mantener una conversación. Después, cuando se acabe, podremos hablar sobre la película. No habrás conseguido mejorar nada ni me habrás ayudado a afrontar mi pérdida, pero cuanto antes renuncies a ese sueño, mejor para los dos. El proceso de curación es algo profundamente íntimo y, sinceramente, no eres bienvenido a formar parte de él. Pero me habrás concedido un breve permiso para salir de la oscura y lamentable prisión de mi mente, y ese regalo, precioso de por sí, es lo mejor que puedes esperar ofrecerme.
Y supongo que no hace falta que te diga que, si me llevas a ver una comedia romántica, te mataré de un tiro antes de apuntar el arma contra mí mismo.

viernes, agosto 12

La Conversión de los Descreídos (Alejandro Dolina)

Cuando comprendió el carácter definitivo de aquel abandono, el poeta reparó en unas tristezas nuevas, que no había experimentado nunca, ni siquiera ante la ausencia de sus novias más clásicas.
Por un instante, sintió la tentación de escribirle o de llamarla por teléfono para revelarle un amor que nunca se había verbalizado. Pero no lo hizo. 
Largos años de sabiduría amorosa le decían que las personas que abandonan no desean oír declaraciones del abandonado. Se dispuso entonces a sufrir el silencio sin molestar a nadie con esperanzas.

miércoles, agosto 10

Prólogo- Setenta veces siete (Dalmiro Saenz)

No debería ser necesario pero es posible que lo sea y si lo es se debe a la pluma del autor –demasiado nueva o demasiado inhábil- no fue capaz de hacer innecesarias las explicaciones y ahora recurre al pesado recurso deponer al principio aquello que se escribe al final y no se lee nunca y se denomina prólogo.
Empezó todo en un cabaret o tal vez en las clases de catecismo. El cabaret se llamaba El cielo de California y tenía entrada por Leandro Alem y por 25 de mayo.
Había en la puerta un portero alto vestido de cowboy y en un costado unas peceras grandes iluminadas.
Las clases de catecismo fueron en varios lados, siempre delante de un librito manoseado de tapas grises cuya primera pregunta era: “¿Sois cristiano?” y cuya inmediata respuesta era: “Sí, señor, soy cristiano por la gracia de Dios.”
Muchos de ustedes probablemente habrán pasado por el librito de tapas grises y supongo que tal vez algunos por El cielo de California: no los quiero comparar, sino simplemente explicar la influencia que ambos han tenido en este libro.
El libro de catecismo me habló mil veces de la existencia de Dios, pero nunca me hizo sentir su presencia.El cielo de California me mostró en cambio la ausencia de Dios y precisamente en eso me confirmó su existencia.
Fue una noche, yo tendría unos dieciséis años y el cabaret se acababa de abrir. En esa hora clásica que empieza la actividad nocturna, en que los mozos están distribuyendo sillas y las mujeres bailan entre ellas o charlan diseminadas por el local; tal vez estuviera Davidson, el judío ciego, o el viejito aquel que tantos recordamos, que vendía sus libros envueltos en misterio y oculta su tapa con una franja ancha y pornográfica, que algunos compraban con disimulada expectativa para encontrarse después con Stella  o Platero y yo.
No  recuero quienes estaban, tengo una vaga idea de un hombre con saco azul hablando con un mozo y en una mesa cercana la cabeza apoyada de un antebrazo cansado y la nuca con pelo corto de algún marinero inglés.
Primero fueron unos gritos desde adentro del baño, después un apresurado correr de todos y alguien dijo fuerte: “Está con ataque”, y unos minutos más tarde una mujer rígida de vestido azul brillante traída entre cuatro depositada con cuidado en el piso frío junto al bar de estaño y la salivadera blanca.
Estaba muerta en el suelo, en un grotesco desorden, y nosotros parados alrededor, con las piernas abiertas y la mirada baja, mirando el cadáver como quien mira un abismo o un pozo hondo de invisible perspectiva, unidos todos por una especie de animal, pagano y desolador desamparo.
Yo salí en seguida por la puerta de 25 de Mayo y caminé despacio por la noche fría hasta llegar a Retiro, subí por San Martín y me paré frente a la reja negra de la iglesia cerrada.
Todos tenemos nuestro camino de Damasco.  En algunos se desliza en el plácido continuar de una educación cristiana, en otros surge con la fatal consecuencia del hombre que pregunta, en otros emerge ante la fuerza de la vida, ante la humana monstruosidad del pecado original, ante el feroz desplante del hombre que peca, dependiendo quizás de este pecado como único puente entre él y Nuestro Señor, como fue puente de gracia la lanza aquella que el soldado romano clavó en Su costado en esa tarde sublime de la Redención.
Para estos últimos está dedicado este libro, para los que necesitan de su ausencia para confirmar su existencia, para los que tuvimos que golpearlo, azotarlo y clavarlo en la cruz, para entonces saber que existía.
Dios es el protagonista de este libro. Pretendo que se lo note. Si no lo he logrado les agradeceré que recuerden que debemos perdonar no siete, sino setenta veces siete y que involucren en este número a  los  malos escritores.

lunes, agosto 1

Acaba de pasar el que vendrá. César Vallejo


Acaba de pasar el que vendrá
proscrito, a sentarse en mi triple desarrollo;
acaba de pasar criminalmente.

Acaba de sentarse más acá,
a un cuerpo de distancia de mi alma,
el que vino en un asno a enflaquecerme;
acaba de sentarse de pie, lívido.

Acaba de darme lo que está acabado,
el calor del fuego y el pronombre inmenso
que el animal crió bajo su cola.

Acaba de expresarme su duda sobre hipótesis lejanas
que él aleja, aún más, con la mirada.

Acaba de hacer al bien los honores que le tocan
en virtud del infame paquidermo,
por lo soñado en mí y en él matado.

Acaba de ponerme (no hay primera)
su segunda aflixión en plenos lomos
y su tercer sudor en plena lágrima.

Acaba de pasar sin haber venido.