lunes, octubre 3

El ídolo de oro

El ídolo de oro, escaso botín
que el tedio y los años
otorgaron con astucia
al no poder contarse,
haciendo las partes
de a una por vez
en cada uno.

Estoy temiendo aquel secreto,
que tartamudea en silencio
entonces espero el derrumbe
y pregunto en secreto:
¿Qué guerra aparente los trae, aun,

exentos?

Así vigilo el ensayo
que antecede a la espera
y apretando los dientes,
remedo lo usado,
me muevo despacio,
deshago tu beso
vacío aquel rostro
rehúso los tiempos.


Afilo el cuchillo
helado en tu sangre
enseño a tus manos  la desposesión
de todo lo tuyo
que es todo lo nuestro
meticuloso lo escruto, lo guardo,
lo mezclo.

Más tú, como ellos,
sostienes la herida
cuidando inmundicias
sonriendo sinfín.
Paseando en silencio
profanas tus huesos
colmando el hastío
rumiando en secreto
soñando los días
en que algo fue cierto.

Yo sé que prima el miedo
cuando por fin se quedan solos
y la criatura se alza
se sabe y se alimenta.
En el descanso los acecha
con la periódica revuelta
que gigante los conforma,
y confusamente los encierra.

¿Qué harán
hechos de hilos
que se deshacen, sin cortarse?
¿Qué harán
con todo lo que
inevitablemente
se  desprenden?

Escucharán los pasos truncos
del caos por las avenidas
cuando en la era del ídolo se plieguen 
pacientes de agonía
 los que esperaron años necios
 solos y juntos, todavía.

María Quevedo

2 comentarios:

Julioddc dijo...

¡Me gusta mucho tu poesía! Disfruto cada palabra que elegís, la cadencia que les impones y los cambios de ritmo. Siempre se adivina en tus letras una especie de tensión, una batalla entre una promesa que no se atreve a enunciarse y la desesperanza que. Este poema en particular me resuena hondamente. ¡Gracias por compartirlo!

María Quevedo dijo...

¡Gracias querido Julio!
Tu lectura es muy generosa siempre.
Me gusta tu apreciación la batalla constante.
Yo no podría haberlo dicho mejor que tú.
Abrazos!