martes, noviembre 1

Soliloquio de medianoche



Dormía, en mi pequeño cuarto de roedor civilizado
 cuando alguien sopló en mi oído éstas palabras:
“Duermes, vencido por los fantasmas que tú mismo engendras, y mientras tu deliras, otros besan o matan, conocen otros labios, penetran otros cuerpos, la piedra vive y se incorpora, y todo , el polvo mismo, encarna en una forma que transpira”
Abrí  los ojos y quise asir al impalpable visitante, cogerlo por el cuello y arrancarle su secreto de humo,
 más sólo vi una sombra perderse en el silencio,
aire en el aire.
Quedé solo de nuevo, en la desierta noche del insomne.
Subieron por mis venas los años caídos.
Fechas de sangre que alguna vez brillaron como labios,
labios en cuyos pliegues, golpes de sombra luminosa,
creí que al fin la tierra me daba su secreto.
Y entre todos se alzó, para hundirse de nuevo,
mi infancia,
 inocencia salvaje domesticada con palabras, preceptos con anteojos,
agua clara,
espejo para el árbol y la nube,
 que tantas virtuosas almas enturbiaron.
Una palabra me abría cada noche las puertas de la noche, y el mismo sol de oro macizo, palidecía ante mi espada de madera.
¿La recuerdas aquella tarde de pasmo,
cuando la viste como si nunca la hubieras visto antes,
morada escalada para llegar al cielo?
Reino en el polvo,
reino cambiado por unas baratijas de prudencias.
Amé el amor, amé sus labios y su calavera,
Soñé en un mundo en donde la palabra engendraría
 y el mismo sueño habría sido abolido.
Mas la gloria es apenas una cifra, equivocada con frecuencia,
el amor desemboca en el odio y el hastío
¿Y quién sueña ya en la comunión de los vivos, cuando todos comulgan con la muerte?
A solas otra vez, toqué mi corazón.
Allí donde los viejos nos dijeron que nacían el valor y la esperanza,
Más él, desierto y ávido,
sólo latía,
Sílaba indescifrable,
despojo de no sé qué palabra sepultada.
Sangre.
Sangre, para regar, ¿qué yermos?,
para mojar, ¿qué labios secos, infinitos?
¿Son los labios de un dios que tiene sed de nosotros,
nada que sólo tiene sed?
Intenté salir y comulgar en la intemperie con el alba
Pero había muerto el sol y el mundo,
Los árboles, los animales y los hombres
Todos y todo éramos fantasmas de esa noche interminable
A la que nunca ha de mojar          
la callada marea de otro día-.

Octavio Paz.

2 comentarios:

Julioddc dijo...

Ah, el Gran Octavio, ¡que maravilla! Justamente el otro día hablábamos de él. ¡Gracias por compartir este hermoso soliloquio!
Sin embargo, mi querida Quevedo, debo decirte que ansío leer más de tus propias lettres!
¡Un beso enorme!

María Quevedo dijo...

¡Oh, sí, mi querido amigo!
¡Octavio es un grande entre los grandes!
Compartirlo me pareció importante, de alguna manera...
De todos modos, también agradezco que espere las cartas de María.
Ella nunca, nunca deja de escribir.
¡Cariños!